ESPECTACULOS

Brillos varios en Por la gloria, de Ricardo Halac, dirigida por Adrián Blanco

Un poderoso elenco y la acertada dirección de A.Blanco sostienen el negrogrotesco de Ricardo Halac sobre el submundo de los cuadros de fútbol de humilde división.

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Blanco, adaptador de la recordada "Trans-Atlántico, de Witold Gombrowicz, trama una afiebrada acción para el texto de Halac sobre un jugador de fútbol con delitos menores en su pasado y virtual crack (Juano Tabarés) cuya ingenuidad lo hace pasible de toda clase de engaños.

Lo engañan su novia (Lucía Castro), el árbitro (Julio Pallares), su representante (Fernando Migueles), el director técnico y un abogado (Pablo Flores Maini) y hasta su psicóloga (Cecilia Tognola, también a cargo del rol de su madre).

Su única relación sincera es con la pelota de trapo que tuvo, personificada por Lola Montiel, con la que mantiene un vínculo con no pocos elementos eróticos en un juego que propone al espectador discernir cuánto de realidad y cuánto de imaginación del muchacho hay en lo que ve.

El punto de partida es un penal que el jugador debe ejecutar aunque una maniobra de los contrarios lo sume en una suerte de inconsciencia alucinada; el penal no se patea y la anécdora recuerda a un famoso cuento de Osvaldo Soriano, pero la coincidencia termina allí.

En esa situación el jugador, que lleva en la espalda el número 10, se ve rodeado por una corte de los milagros que incluye, además de los ya nombrados, a una madre con visos de insoportable, un padre oportunista (también Migueles), un par de barrabravas (Federico Buscarons y Nicolás Strok), un comentarista de campo de juego (Javier Schonholz) y el presidente del club (Néstor Zacco).

Lo que vive el muchacho en ese domingo de fútbol se parece tanto al infierno que por momentos no puede creerlo, ya que Halac se inclina por la farsa feroz, con ese algo zumbón del teatro de Agustín Cuzzani y la declarada admiración por el filme "Pelota de trapo" por parte de Blanco.

La novia del muchacho no es la simple muchachita de barrio que él supone sino una trepadora que queda embarazada de otro, su padre está lejos de ser un ejemplo y lo que quiere es el dinero, la muerte del presidente del club parece ser un asesinato y la esperada transferencia a un equipo extranjero nunca se produce.

La puesta de "Por la gloria", que su autor califica de comedia negra, tiene dos características particulares: el público está ubicado en dos filas a los costados y sobre el escenario y la voz de Víctor Hugo Morales es una virtual coprotagonista que no sólo relata, sino que opina, se sorprende, interviene en la acción.

Esa cercanía de los actores con el público, que remeda lo que sucedería en una sala pequeña, produce un efecto hiperrealista, como si los intérpretes quisieran dialogar con el que pagó su entrada, que no deja de sentir cierto escozor ante el bamboleante paseo de un féretro.

Al buen entramado de la historia -Halac narra siempre muy bien, además de tener oído para el idioma- se le suma un elenco de individualidades notables, como sucede con Flores Maini y Schonholz, en ese orden, de perfectos tipos físicos y comprensión de sus criaturas.

No son los únicos en hacerse notar dentro de un equipo de buenas presencias teatrales, con la particularidad de que Blanco extrae de las tres actrices momentos de visible sensualidad, a caballo de personajes reconocibles y siniestros al mismo tiempo, como si el último resto de honestidad estuviera en el muchacho y en esa pelota que es casi su novia.

Hay aciertos de música (Carlos Ledrag), escenografía (Micaela Sleigh) y sobre todo de vestuario (Mariana Perez Cigoj), en una pieza en la que algunos representan más de un papel.


Fuente: telam.

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