ESPECTACULOS

Burman experimenta un renacimiento personal y cinematográfico con El Rey del Once

El cineasta experimentó un “renacimiento personal y cinematográfico” con una comedia en la que vuelve a sus orígenes y retrata a la comunidad judía del barrio de Balvanera.

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El cineasta Daniel Burman experimentó un “renacimiento personal y cinematográfico” con “El Rey del Once”, una comedia en la que vuelve a sus orígenes y retrata a la comunidad judía de esa zona porteña, a través de las vivencias de un joven que regresa de Nueva York para encontrarse con un padre-dios omnipresente, responsable de una fundación de acción solidaria, al que siempre escucha pero nunca puede ver.

“Esta película es un nuevo comienzo para mí, porque llegué a un punto de mi vida profesional en que me había abandonado el entusiasmo y esa emoción infantil de hacer cine. Por eso decidí volver a esa inconsciencia y frescura que tenía cuando empecé. O dejaba de hacer cine o volvía a este tipo de películas”, aseguró Burman, que estrenará su undécimo largometraje el jueves próximo en Argentina y Alemania simultáneamente.

A sus 42 años, Burman se alejó de “la telaraña de expectativas propias y ajenas” que le impedían disfrutar de lo que hacía: “Quería reencontrarme con esa sensación de inocencia de mis primeras películas y así poder experimentar un renacimiento de mi vida profesional. Cuando para ir a un estreno pensás si tenés que tomar un sedante o no, cuando perdés el espíritu lúdico o te tomás todo tan a pecho, ahí hay que resetear y empezar de nuevo”.

El nuevo filme del autor de “El abrazo partido” y “Derecho de familia”, que inaugurará la sección Panorama del 66to. Festival Internacional de Cine de Berlín, en Alemania, marca el regreso de Burman al universo que más conoce y sabe retratar, la vida de la colectividad judía del Once, las problemáticas relaciones entre un padre y su hijo, los vínculos familiares y la dinámica febril de esa zona comercial.

Se trata de una comedia sutil y humana que sigue el viaje de transformación de Ariel (Alan Sabbagh), un joven judío argentino que tiene un exitoso presente como economista en Nueva York y regresa a Buenos Aires convocado por su padre, Usher, que lo va involucrando -sin que lo note- en el ritmo alocado de la fundación que él dirige, dedicada a la ayuda solidaria de la comunidad judía y de otra gente en la zona de Once.

Envuelto en la vorágine y el caos que implican cumplir los compromisos que esa fundación y su padre se imponen para ayudar a los demás (pagar deudas, catalogar donaciones, conseguir dinero, buscar alimentos, conseguir medicamentos, hacer la comida y un grandísimo etcétera), Ariel se va reencontrando con su infancia, sus querencias y los valores humanos de una cultura tan rica como milenaria.

“Ante la pérdida de rumbo lo mejor es volver al punto de origen. Es un plan diseñado por Usher, pero para que Ariel lo viva por sí mismo”, afirmó Burman en una entrevista con Télam, en relación a la influencia que tiene sobre el carácter del protagonista la figura paterna que, aunque siempre está ausente, se manifiesta casi como un dios que sabe exactamente dónde está a cada momento y le da indicaciones desde el más allá, a través de un celular.

“Es una no presencia contenedora. Un buen padre o dios no es aquel que está siempre presente, sino aquel que preparó todo para cuando no puede estar presente. Su ausencia es una profunda y delicada preparación para que el otro pueda ser por sí mismo”, dijo Burman y añadió que es algo parecido al Zim-zum, el primer movimiento de Dios según la religión judía, “un momento de contracción donde el Padre se retrae para dejar un espacio para uno”.

Para el cineasta, “hay como un retorno al origen y una rectificación de cosas de su padre. Hay una transformación interna, porque lo importante es cómo llegás y no necesariamente a dónde. De algún modo, para Ariel ese es el click que le permite convertirse en padre de su padre, ya que lo baja del pedestal simbólico y lo deja en el lugar donde siempre estuvo”.

La génesis de “El Rey del Once” está, de algún modo, en el documental “Los 36 Justos”, que el director filmó en 2010 y en el que registra el viaje que un grupo de amigos emprende a través de Rusia, Ucrania y Polonia para visitar las tumbas de los Justos, o Tzadikim, cuyos restos -según el misticismo judío- siguen impregnados de sus virtuosas almas.

A partir de ese viaje, Burman conoció a Usher y por primera vez se asomó a lo que él llama “el misterio del bien”: “En una sociedad de intercambio, donde incluso existe el intercambio emocional, y donde generalmente uno pone el acento en su acción y no en la necesidad del otro, me sorprendió ver que existe gente que ayuda sin esperar nada a cambio”.

“Esta extraña cofradía, que vive en una permanente dinámica de dar, y que tiene poco que ver con lo que llamamos caridad, se pregunta si es lícito elegir a quien ayudar o si hay que ayudar a quien se debe. A partir de allí surgieron un montón de dilemas morales y me pregunté cómo sería para Usher la competencia entre el amor hacia lo demás y el amor hacia su propio hijo”, recordó Burman.

El cineasta, que eligió el tono de comedia como “una construcción para sobrevivir al drama de la realidad y correrse un poco de ella para poder ver su mecanismo, sin juzgarlo”, hace mucho más asequible en este filme el universo del judaísmo ortodoxo, mostrando de cerca algunos de sus rituales.

“El universo ortodoxo parece muy lejano pero cuando te asomás por la rendija empezás a encontrar puntos de contacto. En ese sentido, me interesa entender por qué hay personas que se apegan a ciertas reglas y autolimitaciones, que para ellos no son tales. La idea es poder comprender a aquellos que creemos diferentes y que finalmente no lo son tanto”, explicó.

Burman se mostró muy contento por el estreno de su película en Berlín, porque -según dijo- “esto cierra un círculo, ya que no puedo dejar de pensar que a 500 metros de donde transcurre el festival se gestó la eliminación de mi raza y es muy fuerte que pueda proyectar allí un filme que justamente habla sobre mis genes. Eso muestra que los alemanes saben que asumir la historia y hacerla viva es la única manera de superarla”.


Fuente: Telam.

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