OPININ

El mito de la objetividad. No todos vemos al mundo con los mismos ojos.

No somos seres completamente objetivos, siempre estamos poniendo sobre el mantel las historias de vidas que nos formaron.

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Por Juan Luis Serra

 

 

 

El Mito de la Objetividad.

Se dice que la objetividad es la imparcialidad con que se trata o se considera un asunto, prescindiendo de las consideraciones y los criterios personales. Se la asocia a la neutralidad, ecuanimidad, honradez y desapasionamiento.
¿Alguien se imagina a dos apasionados hinchas, uno de San Martín y otro de Atlético, coincidiendo, o siendo “objetivos” al analizar el clásico tucumano? Difícil imaginarlos en armónicas coincidencias, por más razones de amistad, amor, parentesco o estado alcohólico que los una. ¿Tendrá algo que ver la objetividad con la pasión y el sentimiento?

¿Acaso la interpretación del mundo hecha por los musulmanes es más “objetiva” que la que nos ofrece la religión cristiana? ¿Qué Dios, qué paraíso, qué infierno es más objetivo o verdadero que otro? ¿Tendrá que ver la objetividad con las creencias?

Y ni pensar en la “objetividad” de Cristóbal Colón cuando gritó ¡tierra! creyendo haber descubierto un nuevo mundo habitado por seres sin ropas ni alma. El marino y sus acompañantes se sintieron, objetivamente, descubridores; los nativos, objetivamente, sintieron que los conquistaban malamente, con escasas dosis de ternura y abundantes pócimas de ambición. Imaginemos a cada uno por su lado relatando lo que pasó aquel 12 de octubre de 1492, unos desde las Carabelas, con sus espadas y cruces, y otros desde la selva, con asombros, lenguajes, dioses y culturas diferentes.

¿Tendrá que ver la objetividad con el lugar desde donde nos paramos a mirar los hechos?
Sin ir tan lejos, ¿quién es más objetivo, un peronista o un radical, Jorge Lanata o Víctor Hugo Morales, un empresario exitoso o un obrero del salario mínimo, Ud. que está leyendo esta nota o el escriba? ¿Tendrá que ver la objetividad con la afinidad política o los intereses?

Recuerdo que muchos argentinos decían, y aún dicen: “la patria es el campo”; están los que sugieren que “la patria es el otro”; y un poeta y cantor muy nuestro, conocedor del campo y sus paisanos, solía decir que “las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas”. No parece fácil esto de ser objetivo, aunque todos lo pedimos y, aún más, creemos serlo.
Y ni que hablar cuando de temas económicos se trata: están los liberales antiestatistas, los keynesianos, los heterodoxos, los desarrollistas, los “chicago boys” y los de la economía social y solidaria. Y todos dicen ser objetivos.
Ud. dirá que estoy olvidando al periodismo: tiene razón.

Pero también tendríamos que hablar de la objetividad de la Ciencia y de la Historia, y... no se asuste, no le pediré
que sea objetivo como una forma de convencerlo para que piense igual que yo. Le pediré que reflexionemos juntos, o que tengamos el valor (y la molestia, porque lo otro es de cómodos) de preguntarnos: ¿Es posible ser objetivo? ¿No será que cuando pedimos que alguien sea objetivo lo que realmente estamos pidiendo es que piense como nosotros? ¿Podrán los otros pensar como nosotros? Y si no piensan como nosotros, ¿qué?, ¿dejarán de ser objetivos? ¿habrá que obligarlos a
que creas en “nuestra objetividad?

Y eso que todavía no hablarnos de la objetividad en el amor. Este será un tema para más adelante, para el 14 de Febrero cuando festejemos el día de los enamorados convencidos que, la objetividad, no fue un buen invento para ser más felices.

Volviendo al ejemplo del clásico tucumano, alguien podría sugerirnos que para tener una opinión objetiva busquemos a un simpatizante “neutral”. Aquí ya aparece un vínculo casi directo entre objetividad y neutralidad, como si solo podrían ser objetivos los neutrales. ¿Neutrales? Pero si Ud. es de Boca Juniors, Peronista, está en contra de los fondos buitres, le gusta el helado de menta granizada y las zapatillas Adidas, ¿cómo hace para ser neutral? ¿Existe la neutralidad?

A fines del siglo XVIII, el romanticismo alemán se tomó la tarea de escribir la historia del mundo conocido. Como los escribas eran europeos, vivía en Europa y pensaban como europeos, escribieron esa historia afirmando que Europa había sido y era el centro de la civilización. A esa historia, producto de una creación política-ideológica, se la llamó universal y se la esparció por las universidades a todo el mundo. Es la historia que actualmente estudiamos (prehistoria, edad antigua, edad media, edad moderna y edad contemporánea) y donde más del 60% de los pueblos del planeta fueron totalmente invisibilizados.

Dejemos de inventar palabras, conceptos, mentiras, discursos y otras sutilezas retoricas para encubrir que somos diferentes, que pensamos diferente, que tenemos diferentes intereses, diferentes culturas, diferentes utopías, diferentes religiones, diferentes preferencias , y que, además, tenemos derecho a ser diferentes, porque así es la especie que
nos cobija, porque así es la naturaleza de dónde venimos.

No obliguemos a pensar como uno, más bien nos obliguemos a convivir con las diferencias.
 

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