OPINIÓN

La familia, una constante transformación social.

Las familias son roles que juegan para la construcción social y no modelos rígidos preestablecidos.

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Por  Alvaro Trejo.

La vida cotidiana es ese espacio social donde los seres humanos se relacionan entre sí y con la naturaleza para resolver sus necesidades, un lugar de encuentro con el otro y con el mundo, en el cual cada sujeto va construyendo su subjetividad a merced de los que vé, oye, comprende y aprende de ese mundo que lo rodea.

En esta vida cotidiana se dan muchas de las relaciones familiares que las personas construyen, y muchas veces sufren, pero que generalmente no se llegan a analizar ni cuestionarse porque se consideran normales, es decir que se naturalizan, se creen que estas cuestiones son naturales a la vida. Una de estas construcciones sociales son los roles maternos y paternos, que desde hace siglos vienen estructurando las familias en distintos países al rededor del globo.

Cuando hablamos de Rol de padre o de el Rol de Madre, estamos hablando de funciones sociales que se desarrollan dentro de una familia determinada, vale recalcar que no hablamos del Padre o de La Madre como personas o figuras estereotipadas, sino de los deberes y obligaciones que este tipo de relaciónes conllevan para la construcción de un familia. Esto nos dispara a una primera pregunta, ¿Qué es un familia? Podríamos definir la familia como la unión de personas, que ejercen jerarquías de poder socialmente aceptadas, que comparten un proyecto vital en común, en el cual existe un compromiso personal entre sus miembros y se establecen intensas relaciones de intimidad, reciprocidad y dependencia. Es una unión para asegurar la supervivencia del grupo, y apoyar el crecimiento y socialización de los hijos, aportándole un clima de afecto y apoyo sin los cuales el desarrollo psicológico sano no sería posible.

Tomando esta definición de familia podemos ver claramente que no habla de sujetos específicos, sino de funciones y de roles establecidos para el desarrollo emocional, físico y psicológico, es decir que múltiples actores sociales pueden ejercer dichos roles, en el caso de este artículo, el rol materno y el rol paterno como primordiales.

La sociedad con su sabiduría popular nos mostró la realidad, que muchas veces se nos negaba, en los medios de comunicación mediante las publicidades y los programas de televisión, en los cuales se reflejaba a una familia constituida por personas de clase media alta, un hombre una mujer y dos hijos, una nena y un varón. Es decir que se intentaba naturalizar un modelo de familia que respondía a interese ideológicos de ver al mundo, una postura que dejaba de lados los afectos para formar conceptos tales como el de “hijos naturales”. 

Con el paso del tiempo y producto del trabajo de muchos personas que repensaron estas imposiciones culturales, se empezó a visualizar que las familias de las cuales somos partes y que vemos todos los días en nuestros barrios, son muy distintas a estas idealizadas por la televison y las revistas, y que el al rol paterno lo puede ocupar el abuelo o la madre y que al rol materno un tío o un padre, que serán seguramente los que se  encargaran de hacer todas las cosas que una madre o un padre, según la sociedad, debería hacer.

Es así que vemos a muchas familias que actúan diariamente con otras familias diferentes a ellas y que sin más ni menos conflictos construyen esto que llamamos mundo. Podemos dar cuenta de una realidad en donde una familia que tienen a dos mujeres mayores como padres, que crian y educan a dos hijos bilógicos de sus anteriores matrimonios y que a la vez comparten el techo y la vida con un sobrino de corazón, comparten todas las actividades sociales con familias constituidas de otra manera y en los cuales los niños comienzan a naturalizar cuestiones más sanas y más reales, como las de sabernos todos distintos y celebrar esa diversidad.

Es por eso que debemos alegrarnos cuando las sociedades poseen más fuerzas que las imposiciones culturales que viajan a la velocidad luz por los medios de comunicación, y sabernos sujetos empoderados de nuestras vidas y de sus destinos, porque un pueblo que se piensa, y luego actúa desde el sentimiento, es un pueblo sano y activo que podrá encontrar el camino de su felicidad.

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