OPINIÓN

Los medios de comunicacion no solo comunican sino que dirigen nuestras miradas

¿Es posible vivir un poco menos manipulados? Se pregunta Juan Serra para Agenda Uno-

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Los Medios de Comunicación, que ahora son el primer poder, no tienen piedad para manipular nuestras emociones
Hablar de manipulación suena fuerte y odioso: nadie quiere ser manipulado, está en la esencia humana poder pensar y actuar libremente.

¿Qué se define como manipulación? Los diccionarios coinciden: se trata de “controlar sutilmente a un grupo de personas, o a la sociedad, impidiendo que sus opiniones y actuaciones se desarrollen natural y libremente”. Se trata de “influir en la opinión pública de forma interesada a través de los medios de presión o de información: la publicidad manipula a los consumidores, o determinada prensa manipula la opinión de los lectores”.

Siguiendo estas definiciones, ¿acaso estamos manipulados? ¡Sí!, y a la vista no asoma ningún Chapulín Colorado que pueda defendernos.

Esta verdad no es novedad. La manipulación estuvo y está presente en nuestras vidas: el color de moda, la plataforma de los zapatos, la bebida que refresca mejor, etc., no son elecciones personales, están impuestas, y con el tiempo las naturalizamos y hasta asumimos que sin ellas no podríamos vivir. Hay manipulación con los medicamentos que nos instan a consumir, con nuevas enfermedades que difunden los laboratorios, con productos alimenticios de etiquetados mentirosos y, ni que hablar, de las cosas innecesarias que nos “obligan” a comprar y después tiramos. Ni los niños se salvan: se divierten más en el Supermercado que en el Parque.

Pero lo novedoso y realmente preocupante hoy es que, además de manipularnos los sentidos del tacto, la vista o el olfato, nos manipulan el amor, el odio y los miedos.

Nos levantamos por la mañana y pareciera que de golpe ya no somos lo que fuimos ni seremos lo que queremos ser. Hay otro, al que tal vez nunca conoceremos, que pone una noticia, un titular, un comentario, y quedamos alterados, generalmente con emociones negativas, incorporando un nuevo motivo o un nuevo personaje para odiar y descargar nuestras frustraciones o deseos incumplidos.

Sería bueno preguntarnos ¿a quién interesa que nos odiemos tanto? ¿A quién interesa tanto mensaje de división y desamor?, porque la verdad que no son mensajes para que amemos más, son mensajes para que saquemos lo peor de nosotros en contra del otro. Y no importará si el mensaje es verdadero o falso, ingenuo o intencionado, porque una vez ahí, en las tapas de los diarios o en las pantallas, será muy difícil de cambiar, corregir, o negar: ya salió, ya lo vimos, y ya lo digerimos como la más rica de las hamburguesas. Ahora el colesterol malo, de odios y miedos, se habrá hecho un picnic con nuestro cerebro.

Y así vamos dejando una huella y acostumbrando a nuestro cerebro “que es necesario consumir odio”, “que es bueno empezar la mañana con bronca”. Y el Boca-River queda hecho un poroto ante una nueva división entre argentinos buenos o malos, corruptos u honestos, amigos o traidores, vagos o trabajadores, del partido A o del partido B.
Desgraciadamente lo vemos todos los días. Es más, lo reconocen los mismos manipuladores, que se jactan de haber manipulado/mentido/engañado para ocasionar guerras o derrocar gobiernos. ¡Logran que los países se odien hasta matarse!!

La manipulación está. Y se perfecciona día por día. Es el nuevo gran poder del neoliberalismo, o de los tiempos modernos, o de la sociedad de consumo.

¿Hay alguna forma de evitarla? ¿Qué hacemos para no terminar en una selva de odios y miedos? ¿Qué hacemos para que tanta manipulación no sea digerida como verdad?

Algo podemos hacer.
En primer lugar reconocer que la manipulación de los medios existe y nos alcanza a todos, tanto como el aire que respiramos. No podemos evitarla.

Saber que ya no hay solo agencias de noticias, son empresas con intereses económicos, financieros y políticos. Y ninguna es neutral: la objetividad o “verdad” que dicen tener es la de sus intereses.
Darse un tiempo para reflexionar, dudar y preguntarse sobre la información suministrada. En un mundo de grandes manipulaciones la cautela nos hace más sabios y ayuda a conservar la salud.

No creer que alguien posee “la verdad”. Todos tenemos “una pretensión de verdad” y solo con el diálogo y el acuerdo podemos mejorarla. No la mejoramos con la discusión: discutir significa “romper todo”.

Ser capaces de dar más importancia a las cosas prácticas que podemos comprobar por nosotros mismos, y que son las que  realmente afectan la vida diaria. Verificar si la información es coherente con lo que nos pasa en la familia, en el trabajo, en el barrio, en la provincia. Es difícil engañarnos con el precio de la leche, la factura de la luz o la calidad de la educación. Confiar más en lo que “nos dice la heladera” que en las encuestas, los índices o las proyecciones. Estas últimas se acomodan y dibujan a gusto.

Ser conscientes que “el que mucho abarca poco aprieta”. Los manipuladores quieren hacernos creer que debemos saber de todo, que podemos opinar de temas complejos o lejanos, con el fin de que, concretamente, no sepamos de nada, o muy poco de los temas reales y cercanos. Preguntarnos por qué será que los diarios ahora se interesan que sepamos de Corea del Norte, de Venezuela, de Irán, cuando hay que rogarles para que pongan una foto del dique El Cadillal.

Desconfiar de las “ruedas de opinólogos”, que con mucha liviandad e irresponsabilidad convierten la información y las noticias en actuaciones teatrales y competencias de egos y chimentos.

Y por sobre todas las cosas, desconfiar, por más bibliotecas que lo avalen, de los analistas que justifican la pérdida de derechos, la concentración de la economía, la desaparición de lo público, y todo aquello que tiende a mejorar nuestra calidad de vida y no dejar de peticionar por una Ley de Medios que permita mayor diversidad de voces.

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