OPINIÓN

La Cruz y la Serpiente; la eterna lucha entre culturas opuestas.

Ante el triunfo de López Obrador en México, un poco de la historia sobre viejos desencuentros no resueltos en el Sur Colonial.

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Por Juan Serra, para Agenda Uno.


¿Dialogan los Dioses?

Esta es la historia del primer diálogo en suelo americano, ocurrido hace cuatrocientos noventa y cuatro años, entre dos culturas con dioses diferentes: el Dios de la cruz y el Dios de la serpiente.

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“Y todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos. En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos, destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros, gusanos pululan por las calles y las plazas, y en las paredes están salpicados los huesos…”.

Ha caído Tenochtitlán, la sagrada capital del imperio azteca, hogar del orden cósmico. Los poetas que la habitan relatan la desdicha de ver destruida la ciudad prometida por Huitzilopochtli, el dios del sol y de la guerra de los pueblos mexicas.

Fueron 75 días de asedio y combates.

Es el 13 de agosto de 1521 y Hernán Cortés contempla su triunfo. Son tantos los muertos que manda no contarlos.
A pesar de la destrucción de Tenochtitlan, no deja de mirar con asombro la gran ciudad que parece flotar en medio del lago Texcoco. Imposible olvidar el primer día que apareció ante sus ojos: impresionante, única, blanca, perfecta; jamás había imaginado ni visto ciudad semejante.

Hernán Cortés llego en el año de 1504 al Nuevo Mundo y 17 años después es El Gran Capitán Conquistador de México. Las armas de pólvora y los caballos lo acompañaron en sus triunfos. También las alianzas, las traiciones, las pestes traídas en los barcos y el terror. Sabe que puede ser amo y señor de un imperio con 20 millones de almas y muchas riquezas, pero no se siente seguro.
Los cuerpos de los nativos le pertenecen, ahora debe conquistar sus almas y sus dioses, y para ello pide ayuda a la Iglesia Católica y a la Corona: necesita sacerdotes duchos en la palabra que puedan convencer a los jefes y sabios aztecas que no vale la pena resistirse, que lo ocurrido es la voluntad del Dios Cristiano, el único de este mundo.

Tres años después de la caída de Tenochtitlán, a mitad del año de 1524, el Papa Adrián VI y el Emperador Carlos I de España cumplen con lo solicitado por Cortés. Doce misioneros franciscanos desembarcan en La Nueva España. Son los guerreros de la palabra del Santo Padre enviados a evangelizar a los “naturales de Indias”. El Gran Capitán se siente mejor, con más fuerza para convencer a los vencidos, y decide convocar al pueblo azteca a un Gran Diálogo.

En la historia, este primer intento de diálogo entre dos culturas, se conoce como “el diálogo de los 12”. Un hecho trascendente,  invisibilizado, olvidado.

Los 12 misioneros franciscanos se reúnen con los sabios Tlamatinime aztecas, y en el primer día los franciscanos cuentan el motivo de su llegada.

“Amados amigos, nos ha enviado a vuestra tierra el Señor de Todo el mundo, que se llama Santo Padre, es hombre varón como nosotros y tiene el poder espiritual de todo el mundo. Este gran señor Santo Padre, también es mandado, y encargole el verdadero Dios que informase a todos cuantos hay en el mundo en su santa fe, dándoles a conocer quién él es, para que conociéndole le sirvan y se salven. Los demás habitadores del mundo están ya, casi todos, predicados; ya han oído la palabra de Dios. Pero vosotros, en estos días han descubierto y habéis venido a la noticia del gran señor que nos envió, y nos envió para que os prediquemos y alumbremos en el conocimiento del verdadero Dios, para que le temáis, le sirváis, que solo él es el señor del cielo y de la tierra, y por el viven todas las cosas”.

Los sabios Tlamatinime, que expresaban sus saberes en forma de cantares y poemas, molestos y perturbados responden:

“De entre nubes y nieblas, del interior del agua inmensa habéis salido. ¿Cómo es que Uds. viniendo de tan lejos y sabiendo tan poco de nosotros dicen que nuestros Dioses no sirven? ¿Somos acaso algo?... Ellos nos dan nuestro sustento, todo cuanto se bebe y se come, lo que conserva la vida, el maíz, el frijol, los bledos, la chía; son a quienes pedimos agua, lluvia, por las que se producen las cosas en la tierra. Ellos hacen que las cosas están germinando y verdean en su casa, allá donde de algún modo se existe. Ellos sobre todo el mundo habían fundado su dominio. Ellos dieron el mando, el poder, la gloria, la fama. Y ahora, nosotros, ¿destruiremos la antigua regla de vida? ¿La de los chichimecas, de los toltecas, de los acolhúas, de los tecpanecas?”

Pasa el segundo y el tercer día con argumentaciones para defender cada uno sus verdades. Los franciscanos advierten que no pueden ignorar a los dioses aztecas y les dicen que sus dioses han sido creados por los ángeles desobedientes que fueron expulsados del reino del único Dios, y que por ello son malos dioses, y que por ello los han abandonado en la lucha contra los españoles: “En verdad, todos aquellos a los que habéis tenido por dioses, ninguno es Dios, ninguno es el Dador de la vida porque todos son diablos”.

Llegado el cuarto día los franciscanos pierden la paciencia y deciden parar el diálogo.

En sus libros dirán que los sabios aztecas pidieron convertirse, lo cierto es que los misioneros comenzaron pidiendo ayuda al Señor «para desmontar aquella su tan amplísima viña llena de espinas, abrojos y malezas», y luego obligaron a los sacerdotes nativos a abandonar sus santuarios y refugiarse en la clandestinidad.
Por último destruyeron sus templos, incendiaron las pirámides y quemaron los códices con pictogramas.

El diálogo nunca más volvió a reanudarse.

Hoy, julio del 2018, más de diez millones de mexicanos caminan, corren, duermen y sueñan en la Ciudad de México, ex Distrito Federal, capital del país, construida sobre las ruinas de la bella Tenochtitlan.
Abajo quedó la historia en ruinas, sepultada. Arriba, el nuevo Presidente López Obrador despierta una nueva esperanza para reconciliar el pasado con el presente.

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