OPINIÓN

Las doctrinas politicas, como herramienta de la construcción personal

Si bien la frase “Actualización Doctrinaria” remite al Movimiento Peronista, sabido es que en cualquier aspecto de nuestra cambiante vida la actualización de saberes es necesaria

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LA NECESIDAD DE UNA ACTUALIZACION DOCTRINARIA

Por Juan Serra para Agenda Uno.

Si bien la frase “Actualización Doctrinaria” remite al Movimiento Peronista, sabido es que en cualquier aspecto de nuestra cambiante vida la actualización de saberes es necesaria: casi una obviedad. Es necesaria para mejorar nuestras vidas. Y mucho más para aquellos que desde lugares de conducción asumen responsabilidades que afectan a más gente, como es el caso de la dirigencia social y política.

Para ocuparse de la Actualización Doctrinaria hay que partir de su necesidad, es decir, del reconocimiento que hay una Desactualización Doctrinaria. El primer paso es reconocer que hay un desconocimiento o, para expresarlo de otra forma, un conocimiento que ya no es útil. Debemos estar dispuestos a recibir un hachazo que nos parta la cabeza para dejar salir viejas y esquemáticas ideas. De no ser así será imposible que penetren las nuevas: si creemos “que ya lo sabemos”, como es común pensar, nada ni nadie podrá “actualizarnos”.

¿Y cuál y cómo será el hacha que nos parta la cabeza? El hachazo no es ni más ni menos que la práctica política cotidiana, medida cuantitativa y cualitativamente en transformación y mejora sostenible de la calidad de vida de nuestra gente. En ella se refleja la necesidad o no de una Actualización Doctrinaria. Veamos algunos saberes que parecen estar desactualizados.

Seguimos creyendo que la Pacha Mama es cosa de chamanes y místicos, que los saberes acumulados durante miles de años por pueblos originarios carecen de valor y “no son científicos”, y que Dios hizo al hombre “moderno-científico” a su imagen y semejanza para que se adueñe y deprede La Tierra, La Luna y todo el Universo. Seguimos creyendo que el planeta es infinito, que puede estirarse como chicle y llenarse de basura.

Seguimos curando a los enfermos separando la mente del cuerpo y dividiendo al cuerpo en partes desconectadas unas de otras, equiparando lo vivo con un sistema mecánico sin reparar en el necesario equilibrio mente-cuerpo-entorno. Y así seguimos elaborando “proyectos de desarrollo” que no respetan la vida ni consultan con los directamente afectados.
Seguimos creyendo que nuestra participación democrática en los destinos del país es levantarse un día domingo, votar sin mandato preciso al candidato que nos impusieron y esperar en una comodidad irresponsable que se acuerde de mejorarnos la vida.

Seguimos creyendo que cambiando la economía vamos a cambiar todos los males, que con más plata en el bolsillo seremos mejores ciudadanos, más justos, más solidarios, más respetuosos y más sanos, como si el milagro de una vida mejor radicara en la posesión de un billete de curso legal propiedad de un banco sagrado y no en cambiar un “modo de vida” basado en la competitividad, el crecimiento, el consumismo y la destrucción del planeta. Seguimos creyendo que lo importante es comprar y consumir, sin importar quién lo produce, dónde lo produce y cómo lo produce.
Seguimos creyendo que las multinacionales de los “alimentos que no alimentan” y las multinacionales de los “laboratorios que no curan”, que tienen los mismos dueños, se preocupan por nuestra salud y dejamos así de ocuparnos nosotros mismos de nuestra propia sanación.

Seguimos creyendo que la causa de la pobreza son los pobres, que los ricos no tienen nada que ver. Repetimos que la economía es “la ciencia de los recursos escasos” en vez de advertir que se trata de “la ciencia para repartir los excedentes”. Seguimos creyendo que los inversores tienen patria y sensibilidad social, y que hay que esperar que vengan a solucionarnos los problemas.
Seguimos creyendo que entre muchas religiones con muchos dioses que andan dando vuelta por el planeta la nuestra es la mejor, nuestros santos los más abnegados y nuestros rezos los más escuchados: creemos tener el monopolio de la verdad.

Seguimos creyendo que los argentinos descendimos de los barcos, que ya no quedan pueblos originarios ni mestizos, que no tenemos con ellos tremendas deudas sociales que mientras no sean reconocidas y saldadas todo proyecto de equidad se queda a mitad de camino. Seguimos creyendo en una historia sin pueblo, mal contada por los vencedores y reproducida por nuestros sistemas educativos a niños y adolescentes que se aburren al escucharla.

Seguimos creyendo que el color de la piel da y quita jerarquía. Seguimos reproduciendo saberes originados en otras latitudes, en otros tiempos, con otros intereses, precisamente los intereses de aquellos que nos consideran inferiores.
Y así seguimos. Ya es hora de una Actualización Doctrinaria si realmente queremos construir mejores modos de vida.

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