OPININ

Cargas de Guerra. Un relato real para ejercitar la memoria.

Juan Serra, nos cuenta en primera persona una experiencia de su juventud en tiempos de dictaduras.

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CARGAS DE GUERRA, de Juan Serra para Agenga Uno

Fue mi primer viaje en avión. Tenía 23 años y la certeza de que el mundo era complicado pero que aún podía agarrarlo con la mano, acercarlo a los ojos y observarlo con amor, sonreírle y soñarlo mejor, siempre mejor.

Tenía certezas y estaba apurado. ¿Para qué esperar al destino si era posible traerlo y hacer que mejore nuestras vidas? ¿Era posible? ¡Vaya si no!, en otras partes del mundo lo estaban haciendo. Es más, ya habíamos vivido mejor, ya habíamos probado que el destino es cosa de los hombres y no nos fue tan mal. Teníamos que volver a creer que el destino nuestro debía ser cosa nuestra. ¿O de quién, si no? No había forma de escaparse, ya no eran solo pensamientos, teorías o sueños imposibles. Era cuestión de hacer. Era cuestión de mirarse al espejo y preguntarse: ¿vos qué haces? Haciendo se disfrutaría de la vida. Comprometerse estaba en la naturaleza humana, era como comer o parir. Y yo quería hacer una sociedad más justa.

Nunca había viajado en avión. Al tren del Norte lo conocía de memoria, adoraba sus camarotes, sus pasillos, su comedor, el temible fuelle de paso entre un vagón y otro, las estaciones bulliciosas y hasta los tornillos y tuercas gigantes de las locomotoras que llevaba a casa para jugar.

Pero lo aéreo no era lo mío. Los héroes voladores de países ajenos no me conmovían. Los soldados rodilla en tierra y los indios arrastrándose eran mis juguetes preferidos. En mi mejor sueño corría por las veredas del barrio, primero despacio, luego más rápido, cada vez más rápido hasta que los pasos se convertían en pequeños saltos, luego en saltos más largos, y ya corría saltando, cada vez más largo el salto, más rápido pasaban las baldosas, más fresca la brisa sobre la cara, y en tres o cuatro saltos ya estaba en la calle siguiente, luego en la otra, las piernas abiertas en el aire, bajaba, tocaba el piso y frenaba, bajaba, tocaba el piso y doblaba. ¡Hacía lo que quería con mis pies-resortes! ¡Qué placer poder correr toda la noche! Cuando iba al Parque de Diversiones lo único que no me mareaba era la vuelta al mundo, a todos los otros juegos de movimiento en altura ni los miraba, acompañaba esa locura desde abajo, esperando que los audaces desciendan, envalentonados, sabiendo que durante el regreso a casa dirían que no subir al Martillo fue una mariconada.

Esto de volar era nuevo. No figuraba en mis planes. El viaje sería hacia al sur. Al desconocido sur que hasta entonces sonaba distante y distinto, con paisajes de bosques amarillos anaranjados, lagos azules y gente rica jugando con la nieve: toda una fantasía de película donde había niños abrigados que sonreían pero nosotros podíamos enfermarnos de tanto frío.

Al sur en avión. Y allí fuimos.

Llegamos al aeropuerto muy temprano. Varios vehículos estacionaron en la pista y comenzamos a bajar. No recuerdo si había sol, tampoco si corría viento. Éramos más de cien y fuimos formando una larga fila. Al Palo y al Humberto no los podía ver pero seguro estarían cerca: habíamos salido juntos

Bajamos todos y los camiones de transporte quedaron vacíos. Los choferes comenzaron a maniobrar hasta dejar los vehículos haciendo un semicírculo que impedía ver lo que ocurría en la pista.

Se pararon los motores. Nadie hablaba. Nosotros no nos animábamos a preguntar. Los otros, los que nos custodiaban, actuaban como si se tratara de un ejercicio ya ensayado. Se movían rápido, sin improvisar, seguramente comunicándose por señas.

Pasó una hora, o dos, no sé. Por ratos el tiempo se detenía y entonces aflojaba la tensión del cuerpo para poder descansar. Por ratos, cuando pasaban revisando la fila, el tiempo arrancaba de nuevo y volvía la alerta.
Nosotros no hacíamos nada. Ellos se habían dividido las tareas: los encargados de asegurar que todo esté seguro y bien atado y los pateadores, que practicaban sus artes marciales golpeándonos desde la cara hasta los tobillos. 

El último control fue el más prolijo: verificaban que el lazo, el nudo y la piola que nos habían puesto a cada uno sobre la cabeza no lastime el cuello, que ajuste sobre la camisa sin tocar la piel, que no deje marcas. Esa fue la tarea que más tiempo les llevó. También debió ser la más cómica porque no dejaban de reír.

Cuando terminaron de ajustar mi soga recién tomé conciencia de lo que estaba pasando. Sentí que ya no era el mismo. Había dejado de ser un joven con futuro. Como si hubiera cumplido veinte años más, me imaginé un viejo caminando hacia el final de una historia que recién empezaba. Ayer era todo bullicio, juventud, alegría, asambleas, pintadas. Ahora me estaba preparado para la muerte. Y todavía no podía saber donde estaban el Palo y el Humberto.

A la orden de avanzar lo hicimos en fila india y con la cabeza baja calculando el espacio justo para no pisarnos. Caminábamos de memoria, sin poder ver el suelo, adelantándonos al tironeo de la piola, sintiendo cada tanto las pisadas blandas sobre las juntas de alquitrán de la pista de aterrizaje.

A los pocos metros, sin pasar por puentes ni escaleras, cambió el sonido de los pasos y el tiempo de las cautelas: el piso pasó de cemento a metal, aparecieron otros ruidos, sonaba a chapas que caían dentro de un pozo. Parecía que habíamos entrado en un túnel de metal o un caño grande: se sentía olor a hierro, ecos y falta de aire.
Avanzamos despacio. De pronto choqué con otros pasajeros que se habían detenido. Aprovechamos para susurrarnos los nombres. Alguien deshizo la fila india y armó otra forma más compacta juntando los cuerpos. Ahora sí el Palo y el Humberto estarían más cerca.

El suelo empezó a vibrar. Un ruido de compuertas que se cerraban emparejó la oscuridad y el temor para todos. La máquina se puso en marcha y lo que parecía un túnel levantó vuelo.

Mucho tiempo después con el Humberto pudimos reconstruir este viaje que fue un traslado de presos políticos durante el gobierno militar de los años setenta. Un viaje desde el Norte hacia el Sur.

El Palo ya no estaba para ayudarnos con su buena memoria: lo habían asesinado en otro traslado.

Estaba con una venda de sábana vieja en los ojos, las manos esposadas en la espalda y un lazo en el cuello que me ataba, con una piola, al lazo del cuello del pasajero de atrás y, con otra piola, al lazo del cuello del pasajero de adelante, tirado en el piso, todos conectados por una telaraña de sogas que tironeaban y aflojaban por oleadas. Algunos de rodilla, otros sentados, los más altos encorvando la cabeza para no desnivelar la masa de cuerpos que debía latir parejo. El movimiento del avión era nuestro principal verdugo, los dientes y la quijada trataban de salvarnos.

Cada tirón de la soga apretaba un poco más, se llevaba el aire escaso, lastimaba, hasta arrancaba una bronca hacia los dueños de los otros cuellos atados que no podían permanecer quietos.
Mientras menos se respirara, mejor. El ingreso de aire conspiraba contra la quietud de los cuerpos que ya nunca volverían a ser los mismos: el miedo nos estaba transformando. Aparecían formas y posturas defensiva más aptas para la sub-vivencia; el cuerpo se encogía en todas sus medidas ofreciendo menos blanco; los hombros se cerraban a modo de escudo; el estómago amortiguaba las sorpresas; los ojos se turnaban para velar el sueño

No fue la mejor forma de conocer la sensación del vuelo. Había más sensaciones que sentidos. Algunas ni siquiera se registraban, estaban allí todo el tiempo, por todas partes, ya eran propias de la nave acostumbrada a volar con el grito de los guardias, el ruido de los motores y las patadas.

En los momentos de calma, en aquellos instantes en que todo quedaba inmóvil y el vuelo parecía dormir, un olor a sudor, vómito y orina refrescaba nuestra condición de humanos. Ahí nos  atrevíamos a emitir pequeños quejidos lastimosos como aporte solidario para recordarnos que no estábamos solos: algo ayudaba saber que viajábamos en grupo.

Fueron varias horas de viaje, el Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina, construido por la Lockheed Corporation, era lento pero podía cubrir casi todos los requerimientos de la fuerza. Había sido diseñado para grandes cargas y para la guerra, justamente lo que dijo el Comandante de la nave al llegar a la Base Almirante Zar, en Trelew: “cargas de guerra”.

 

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