ESPECTACULOS

Ney, nosotros, ellos y yo

Un film en el que Nicolás Avruj aborda sin prejuicios el conflicto palestino-israelí.

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El conflicto socio-económico, político y bélico que envuelve desde hace décadas a Palestina e Israel es abordado de manera infrecuente -sin prejuicios ni pasiones desmedidas- en “NEY, Nosotros, Ellos y Yo”, un documental en primera persona de Nicolás Avruj, que se estrenará mañana y que expresa el proceso de transformación interior del cineasta, 15 años después de enfrentarse cara a cara con esa realidad áspera y desesperante.

En su ópera prima como cineasta, el productor de algunos de los mejores filmes de Diego Lerman, Ana Katz, Alejandro Landes y Edouard Deluc decidió “no hablar de soluciones posibles sino más bien retratar a la gente de un lado y del otro del conflicto. La clave alrededor de la cual se ordenó todo es entender que no es una película específica sobre el conflicto sino sobre un viaje y un crecimiento personal”.


Alejado de una mirada panfletaria, y con una visión “más anarquista de la vida, en la que el mundo ideal no tendría naciones ni fronteras sino vínculos más humanos entre las personas”, Avruj emprendió un viaje por Europa en el año 2000 y, con la idea de visitar a su primo, se tomó un barco hacia Israel, donde recorrió Tel Aviv y Jerusalem, pero también se internó en Cisjordania y la franja de Gaza.

“Cuando llegué allá no conocía el conflicto. Lo que yo sabía de Israel era un ideal previo que iba más allá del Estado, algo que representaba más la añoranza y la necesidad de regresar a la tierra de donde los judíos habían sido expulsados. Eso se sumaba a una idealización de mi abuela que creía que Israel era la tierra de la igualdad y el socialismo”, recordó Avruj, quien pasó 15 años tratando de entender y encontrar el tono adecuado para hablar del tema.

La película, que se verá en el Arteplex Belgrano y el Bama Cine, reconstruye las experiencias en primera persona que Avruj -miembro de una familia de larga tradición judía e ideales progresistas- tuvo en la zona más candente de Medio Oriente, viviendo en casas de palestinos e israelíes, justo cuando se iniciaba la segunda “intifada” palestina, que se extendió hasta 2005 y se cobró la vida de más de 5.000 palestinos, mil israelíes y 64 extranjeros.
“Me creía totalmente ajeno al conflicto. Para mí era un conflicto duro, pero no sabía cuánto tenía que ver conmigo. Me sentía un outsider y tenía una visión ajena a todo, creía que estaba más afuera de lo que realmente estaba. Después de mucho tiempo descubrí que no soy un observador imparcial y entonces todo se estructuró a partir de esa nueva conciencia y ese proceso de auto-conocimiento”, señaló Avruj.

En una entrevista con Télam, el cineasta sostuvo que en aquel momento sintió una gran hospitalidad tanto de los israelíes como de los palestinos que lo alojaron sin siquiera preguntarle quién era y señaló que “la ignorancia y el desconocimiento de las razones y consecuencias del conflicto que vivían fueron como una especie de salvoconducto que me permitía moverme por ahí ingenuamente, casi sin temores”.

El cineasta y productor recordó que en aquel momento “cada vez que volvía desde los territorios palestinos a Israel, regresaba con mucha bronca. No conocía lo que era la ocupación ni sabía que un pueblo estaba sufriendo a causa de Israel. Pero cuando volví del viaje ya no era el mismo y empecé a ver las cosas desde una perspectiva más amplia”.

“Pensaba que están mal un montón de cosas relacionadas con la situación de violencia pero está mal también no ver que hay muchas otras cosas que están mal. Me parece que esa visión sesgada es contraria a un camino de reconciliación. Básicamente porque explota lo mismo que explotan los que no quieren el fin del conflicto, que es el miedo”, destacó Avruj.

Sin embargo, el realizador reconoce que siente “la imposibilidad de tomar una postura clara sobre el tema. Especialmente porque no soy una persona que pueda abanderarme ni tengo la capacidad de fe para obstinarme con una sola forma de ver las cosas. Y por eso siempre me siento incómodo”, admitió.
Para Avruj, “hay un montón de gente de ambos países que están tratando de encontrar un punto medio, un encuentro, una reconciliación, pero tienen muchos obstáculos. Hay muchos intereses que los exceden y que incluso que no quieren la paz. Hay además mucha gente motivada y afectada por el miedo. También hay muchas muertes acumuladas y creo que es difícil implementar políticamente cualquier decisión”.

Uno de sus temores es que se interprete con la película algo que no quiso decir: “Sin embargo, es un miedo que pude superar cuando me di cuenta que eso iba a pasar igual porque muchos la interpretan como anti-palestina y otros como anti-israelí”.

“Es muy difícil no tomar partido y sentirse imparcial, porque se intenta dibujar una línea en la que tenés que estar sí o sí a favor o en contra. Al haber fuego cruzado y al estar en el medio siempre sos el primero que recibe las balas de los dos lados”, advirtió el director.

Consciente de la situación crítica de los refugiados y del sufrimiento del pueblo palestino, “un pueblo desprotegido al no poseer un Estado propio”, pero también de la demonización y el uso de chivo expiatorio que se hace de Israel en toda la región, Avruj cree que “el conflicto entre ellos está mal llamado palestino-israelí porque los excede, es de los extremos que no quieren la paz y de los fabricantes de armas”.

“Creo que la esperanza de un cambio pacífico está en las nuevas o futuras generaciones. A la corta el conflicto parece irresoluble, pero sí se pueden sentar las bases para que eso cambie. Sin embargo, esas son decisiones que nos exceden. La película expresa que eso no es posible hacerlo solo, no es una cuestión que pueda resolverse individualmente”, reflexionó.


Fuente: Telam.

 

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