OPINIÓN

EL VIRUS DEL COFRE ROJO

Una reflexión en tiempos de pandemia y cuarentena para pensar las contra indicaciones de la libertad

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Nota de opinión de Juan Serra para Agenda Uno

Una ramita pequeña en un mar inmenso o un extraño pájaro alejado de tierra firme pueden cambiar el mundo. Cristóbal Colón lo supo. Con el paso del tiempo otros audaces como él se dieron cuenta que los hombres no descubrimos el mundo sino que lo creamos.

Cuando bajaron de los barcos estaban cansados y enfermos: se les había terminado el agua y la esperanza. Con los pies en tierra volvieron a respirar, y en medio de tanta vegetación y cielo intenso aparecieron los nativos. Los viajeros decidieron dar el primer paso, besaron sus espadas y, con el mayor de los cuidados, depositaron el cofre rojo sobre la arena. Quien hacía de capitán abrió los brazos, miró los cuerpos casi desnudos con gesto amigable y los invitó que se acerquen al cofre. Por unos segundos los hombres de  la selva dudaron. Luego comprendieron que era inútil huir: una profecía lo había anticipado y necesitaban saber qué había en el interior del cofre.

Pasaron más de quinientos años desde aquel desembarco y la historia tramposa nunca termina de contar la verdad. Primero dijeron que había espejos, luego atuendos de colores y crucifijos dorados. Nada dijeron de los doble fondos y “todo lo otro” que se ocultaba en el cofre rojo. Muchos sospecharon que había tanto como el mundo mismo y tan desconocido como el futuro. Y tenían razón, porque el cofre rojo traía algo tan nuevo como la semilla de la Libertad: un modo moderno de vivir. Traía la libertad individual para liberarnos de la Comunidad y de la Madre Tierra. Traía la libertad para tomar consciencia que ya no formamos parte de un Todo y que ahora podemos ser dueños de Todo. Traía la libertad para que no permanezcamos atados a nada ni a nadie. Ya no era necesario el Otro como complemento, ahora el Otro era un competidor, un adversario a dominar.

Con el tiempo, la novedosa y misteriosa libertad que encerraba el cofre rojo desembarcó en todas las costas del globo terráqueo. Uno a uno fue reemplazando a otros dioses hasta convertirse en el único Dios que habita “el cielo, la tierra y todo lugar”.
Los hombres y mujeres, convertidos en portadores sanos, ahora difunden por el mundo este modo de vida que, aunque injusto y desigual, nos contagia a todos. Igual que un Virus.

La trampa de la Libertad en un mundo jerarquizado, racista, patriarcal y euro-céntrico se transformó, con ayuda de los ejércitos, en lo que algunos llaman “el crimen perfecto”.
El Virus del cofre rojo ha inoculado en los organismo “el saber” para andar por el mundo desacoplando todo lo que debe estar acoplado, para desunir lo que debe estar unido, para romper el equilibrio de lo complementario y fomentar la disputa entre los opuestos.

Y todo con una nueva y abundante explicación racional-científica-moderna que impone un criterio de verdad donde la realidad y el conocimiento están desmembrados en disciplinas aisladas una de otras.
¡Cómo entender y entendernos si se ha fragmentado todo! Están separados los cuerpos pensantes entre sí, separada la economía de la geografía, separada las ciencias sociales de la historia y del paisaje ecológico. ¡Hasta el cuerpo humano fue dividido en partes inconexas, como si el riñón no tuviera nada que ver con el corazón, ni éste con el estómago, ni ambos con el cerebro!

El Virus desfragmentador nos ha desconectado de la naturaleza, del mundo, de Indoamérica,  del resto del país, del barrio, de la familia y hasta de aquellos a los que amamos. Sus contraindicaciones, el individualismo y el ego, ya no necesitan estar en letra chica: pasaron a ser virtud.
No fue casual que haya llegado en un cofre. Tampoco es casual que un virus como el Covjd-19 ponga en evidencia que mucho más peligroso que él es el virus del cofre rojo, que nos enseñó que antes del cuidado de la salud pública está el cuidado de la tasa de ganancia.

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